Tormenta de noche sobre Culiacán. De día la tormenta la ponemos nosotros.
De día, la tormenta la ponemos nosotros.
martes, 8 de julio de 2014
Picadura de medusa o agua mala
lunes, 13 de enero de 2014
martes, 23 de febrero de 2010
La opinión de clérigos
jueves, 4 de febrero de 2010
Lo que es y lo que debe ser
Lo que es o lo que debe ser por Arturo Murillo M.
Las fuentes del derecho son la costumbre, la doctrina, la ley y la jurisprudencia. En cada sistema jurídico tienen diferente importancia. Así, en términos generales, puede afirmarse que en el sistema de los Estados Unidos la costumbre y la doctrina son determinantes mientras que en el sistema mexicano lo sería la ley.
Si, de nueva cuenta con criterio amplio, suponemos que el medio físico, la religión y los acuerdos sociales determinan para cada pueblo una escala de valores que establecen la costumbre y la tradición que llamaremos “lo que es”. Los legisladores acuerdan las leyes partiendo de la costumbre y la tradición pero también de la doctrina. Dejemos sin discutir la jurisprudencia que vendría después.
Los estudiosos del derecho ponderan el contenido del Derecho Romano, del Derecho Canónico, de los códigos de los países occidentales adelantados: Francia, Alemania, EE.UU., Reino Unido, Holanda, Dinamarca, etc. También estudian las deliberaciones de quienes nos dieron nuestras grandes constituciones: 1824, 1857 y 1917. Podríamos considerar que estos filósofos del derecho establecen principios de “lo que debe ser”. Estos principios constituirían la doctrina del derecho.
¿Qué debe regir el criterio del legislador al hacer la ley? Me lo pregunto porque recientemente la Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó que parejas de homosexuales pudieran unirse en matrimonio.
Según encuestas el 60% de los mexicanos no están de acuerdo en permitir estas uniones y 70% no están de acuerdo en permitir que adopten hijos. O sea que los legisladores del D.F. no acataron la opinión de la mayoría, esto es de quienes votaron por ellos.
En otras palabras que la costumbre imperante fue despreciada por los legisladores dando preferencia a criterios doctrinales para respetar los derechos que debieran tener los homosexuales.
Recordemos que en 1856 los legisladores de la época vieron que convenía el estado laico. Empezaron a aprobar leyes para quitar los fueros, desamortizar los bienes de la iglesia y finalmente en 1857 nos dieron la Constitución liberal separando la iglesia del estado. No estaban levantando encuestas sino imponiendo la doctrina liberal que modernizó a México. ¿Tenían razón? Opino que sí. Consideren, aunque el anacronismo es evidente, que de haber tomado en cuenta la opinión de las mayorías no habrían legislado como lo hicieron. Caso parecido, mutatis mutando, fue la aprobación del voto de la mujer. No había en el país un civismo femenino militante que estuviera exigiendo el voto, sin embargo el presidente Ruiz Cortínez y el Congreso aprobaron la ley. ¿Hicieron bien? ¡Claro que sí!
Vi a través de mi vida a amigos homosexuales que, ante el rechazo social y la mala experiencia que vivieron otros de dicha preferencia, optaron por llevar una vida de abstinencia sexual. Una sociedad tradicional que les impidió establecer relaciones abiertas y los obligó a buscar refugio en el secreto, la simulación y el engaño. Qué triste. Es necesario reconocer como un hecho la sexualidad diferente y admitir que las parejas establezcan relaciones públicas que debemos aceptar. Sin embargo están la religión, la costumbre y la tradición de por medio.
Hace 50 años la religión católica determinaba que el propósito del matrimonio era procrear y formar la familia. Aceptaba como propósito secundario la felicidad de los contrayentes. Recientemente reordenó estas intenciones para agruparlas dándoles similar jerarquía. Sin embargo, solamente admite las relaciones y compromisos heterosexuales de hombre y mujer. Seguramente que por la influencia de esta moral, la mayoría de los mexicanos la hemos adoptado aceptándola como normalidad. No hemos avanzado en aceptar una realidad aparte y seguimos negando derechos a quienes, por las razones que sean, profesan una sexualidad diferente.
Es innegable que el devenir va construyendo nuevas realidades. Por ello, necesitamos de la institución legislativa. De atender solamente la costumbre y la tradición, la ley tendería a convertirse en dogma de fe inalterable y opuesta al progreso. Como todavía sucede en algunas teocracias. En contraparte, de considerar solamente la doctrina, las leyes terminarían siendo estatutos inaplicables a la realidad vigente. Correríamos el peligro, como con espanto he escuchado a algunos políticos, de proclamar que la Constitución es marco de referencia.
Este delicado balance entre el principio y su viabilidad de aplicación sería la labor del legislador.
La sociedad de convivencia, que ya ha sido legislada en algunas regiones del mundo, protege derechos patrimoniales de los que contraen dichos compromisos pero no los reconoce como cónyuges. Ejemplo, un asegurado del IMSS no podría dar protección médica a su pareja como lo da con el matrimonio tradicional.
A muchos molesta que al contrato de convivencia ahora se le llame matrimonio que viene de madre ya que solamente ellas de manera natural y única preservan la especie. Podría cambiarse el término que molesta y al compromiso llamarle connubio, casamiento o lo que provocare menos rechazo. Sin embargo, lo importante no es cómo se le llame sino reconocer que las uniones se dan, que el amor entre homosexuales se presenta y que dichas parejas pueden decidir comprometerse para vivir juntos; que de hecho lo están haciendo y que respetando tal determinación la ley podría formalizar la unión.
Entiendo los argumentos a favor de estos cambios que llevarían a rectificar las definiciones de los diccionarios y de todas las leyes secundarias que tendrían que reconocer estas nuevas obligaciones y derechos.
El problema no es de entendimiento sino de la reacción casi visceral que estos cambios provocan. Tendríamos que reeducarnos para aceptarlos. Realizar internamente una verdadera permuta de nuestros valores. No será fácil.
Ahora bien, tenemos una religión que permanece inflexible en este respecto. ¿Cómo conciliaríamos nuestras creencias con estos cambios? Añadan además que se pretende que estos casamientos puedan adoptar hijos. Verdaderamente que estamos en una encrucijada por ello insisto en mi cuestionamiento: ¿A qué debe responder el legislador, a la costumbre y tradición o a la doctrina? ¿A lo que es o a lo que debe ser?
lunes, 20 de octubre de 2008
Ingeniero civil
Me faltaba un año para terminar las clases y decido separarme de mis compañeros de residencia. Ingreso a una casa de asistencia de primer nivel, elegante, ordenada y para profesionistas empezando sus carreras. Me urgía volver a aplicarme a los estudios porque si bien nunca había reprobado ninguna materia por otro lado mis calificaciones ya no eran tan buenas. Regreso a los estudios a recuperar terreno durante el último año y terminar en el plazo que me había fijado. Seis años para cursar preparatoria e ingeniería. Logré finalmente un buen promedio, 8.42, pero sin derecho a Mención Honorífica que requiere de 8.5. Mi promedio fue probablemente cuarto lugar de la generación de civiles superado solamente por Macías, Barahona, Chapa Garza y quizá algún otro.
Terminadas las clases la primera meta era regresar a Culiacán para empezar a trabajar. No solamente para lograr el sueño de abrirte paso como profesionista independiente sino también para volver a entrar al Casino a una tardeada del domingo, vestido de guayabera blanca y con los pantalones de Mandalay satinado papaloteando con los abanicos que pretendían refrescar. Quien haya vivido fuera sabe de lo que hablo. El regreso suele ser impactante porque lejos de aquí no somos gente bonita y por ello la belleza de las culichis impresiona cada vez que retornas. Desde luego ayuda que eres conocido y que te alegra y conforta notar que eres aceptado: que perteneces.
En aquellos años, las jóvenes usaban lociones florales y refrescantes para el diario, como el Blue Grass de Elizabeth Arden y el splash Jean Naté de Revlon; así además cuidaban sus perfumes más finos. Era la época,. Estaba de moda el Sortilegio de LeGallion para los sábados y para el domingo era frecuente el aroma del Arpege, de Lanvin. Casi ninguna usaba perfumes amaderados y más aseñorados como los de la casa Guerlain como el Mitsuko y el Heur Blue aunque recuerdo haber bailado con Shalimar y después con Vol d’Nuit. La tradición de Coty es que los soldados que retornaban de la Primera Guerra traían sus perfumes de regalo a los EE.UU. La introducción a este mercado hizo de Coty el perfumero más grande del mundo. Ya estaban establecidas prestigiadas casas como Givenchy, Laroche y Gres cuando aparecen los aromas frescos de Nina Ricci: Fille d’Eve, Coeur Joie y L’Air du Temps, creo que solamente sobrevivió el último. Ricci ha seguido y presentado nuevos aromas: Nina, Premier Jour, Les Belles, etc. El recién presentado Joy de Jean Patou, se anunciaba como el perfume más caro del mundo. Ya era de prestigio el Femme de Rochas que tiene la leyenda de haberse confeccionado en una vieja fábrica de pintura durante la ocupación en la II Guerra. Desde luego reinaba desde entonces el Channel No. 5. Los modistos empezaban a introducir perfumes. Dior, Balenciaga, etc. Mientras tanto los hombres usábamos agua de azahares de Sanborns y el eterno Vetiver. Yo prefería el “Y” de Yves Saint Laurent porque no me gustaban las otras esencias más baratas: Barón Dandy, Yardley, English Leather y Old Spice. Después aparecerían docenas; no, más bien cientos, de perfumes. Sorprende que emergieran con éxito, en mercado tan competitivo, firmas como Donna Karan, Carolina Herrera y que fuese muy vendido el Giorgio de Armani. Ahora cualquier personaje conocido vende perfumes aprovechando su renombre. Cabe preguntar: ¿A qué huele el llamado Mischa de Mikhail Barishnikov o para el caso el presentado por la tenista argentina Gabriela Sabbatini? ¿A sudor?
A las novias les regalábamos lociones, perfumes, abanicos de mano españoles y mantellinas, triángulos y goyescas. Ellas correspondían con plumas fuentes y encendedores. Así pasan las modas. Ya casi nadie usa plumas fuentes porque los bolígrafos actuales son baratos y de buena calidad. Los encendedores de cigarrillos serían ahora un extraño regalo. Los aires acondicionados han vuelto obsoletos, en la mayoría de las ocasiones, a los abanicos de mano. Las mantellinas que las mujeres usaban para cubrirse la cabeza pasaron a la historia primero porque ya no se tapan en el templo y segundo porque ya ni a misa van.
Aproveché la ventaja de no tener que trabajar de inmediato. Mi padre admitió que pasara las vacaciones de verano como si fuese estudiante cuando de hecho ya había terminado mis clases. Al principiar septiembre regresé a Monterrey para elaborar mi tesis y preparar el examen profesional. A diario me avoco al estudio, redacción e impresión del primer libro que escribí llamado: “Anteproyecto de tubería suspendida” (Hay otros ocho) Es un puente colgante sobre una barranca para una línea de conducción de petróleo. A los tres meses y medio, el 19 de diciembre de 1958, presenté examen: al día siguiente estaba en Culiacán ya como flamante ingeniero civil.
En la primera fiesta a que asistí me llamó la atención una hermosa, juvenil, natural, equilibrada, serena y encantadora joven. Busqué la manera de conocer, cortejar, noviar y pedirla en matrimonio. Ahora resulta que ya me tenían visto desde endenantes. Así es esto. Ahora Silvia Eugenia Carrillo Hernández es la señora Tití. Sigue igual de hermosa, juvenil, natural, equilibrada y encantadora. No tan serena porque nadie que me haya aguantado medio siglo lo puede ser. Ustedes lo saben que me soportaron durante esta larga perorata acerca de mi vida de estudiante.
Éste es el último ensayo de la serie que archivo en una carpeta que titulé: “Años de escuela”.
Primeros años de ingeniería
Hicimos nuevas amigas. Gabriela, amable, dulce, lectora de revistas culturales, de biografías y de novelas de moda; Isabel, blanca, rubia, guapa y plantosa, buena para contar chistes y de risa fácil y confiada; Martha, de hermoso rostro y cierta timidez; María Isabel, que pretendía ser la jefa del grupo y era la organizadora de todos los eventos; Mary, un poco mayor que nosotros, simpática y realmente la conductora del rebaño, era cajera de Banco y llegó a gerente para cuando nosotros terminamos nuestras carreras y empezaríamos a trabajar. Eran también del grupo unas jóvenes de Tamaulipas: Guillermina y sus hermanas cuyos nombres y apellidos olvidé porque estas memorias debieron escribirse hace cincuenta años. Estas mujeres nos enseñaron a entender la amistad, apreciar la ternura, aquilatar la fidelidad. No hay con qué pagar lo que les debemos a estas jóvenes de nuestra edad, 23 a 24 años para cuando nos recibimos, que ya eran mujeres sensatas, maduras y listas para formar familias y que nos toleraron tantos años mientras nosotros transitábamos de estudiantes inmaduros y cabríos insensatos que apenas entendíamos la vida, a profesionistas a punto de asumir nuevas obligaciones. Seguramente ellas tenían sus razones y otros pretendientes más prometedores y formales pero el hecho es que nos aceptaban y nos tuvieron paciencia. Les correspondimos olvidándolas y jamás enterándonos que fue de sus vidas.
Me gustaría platicarles de dos que tres novias que tuve pero hay muchos moros en la costa.
Por amistad con Francisco Orozco, jugábamos básquetbol, originario de la Baja, conocí un grupo de estudio. Orozco se fue separando porque sería ingeniero mecánico, después se doctoró en ingeniería, mientras los demás aspiraban a ingeniería civil. Eran los mejores estudiantes de la generación que terminó sus estudios en 1958. Por fortuna me fueron aceptando y terminé siendo miembro de número. Con ligeras diferencias en retención, velocidad, capacidad de abstracción y organización mental de cada uno opino que: Luís Echeverri Said, del D.F., tiene el “foresight y feeling” de lo que es la ingeniería; Manuel Barahona Aguayo, de padre hondureño radicado en Monterrey; obtuvo el mejor promedio de calificaciones del grupo; Lauro Chapa Garza, de Sabinas, Coahuila; fue mención honorífica al graduarse; Tomás Cantú Martínez, de padre tamaulipeco y madre nayarita pero radicados en Monterrey; es el mejor industrial de la construcción. Casi nunca trabajaba con nosotros el mejor estudiante de la generación que era Miguel Ángel Macías Rendón, QEPD, que obtuvo el máximo galardón al graduarse: Premio al Saber.
“Los chico malos” que se sentaban en la última fila muy pronto nos apodaron: “Persignados”. Nos consideraban conservadores y dedicados y se burlaban que nos sentáramos en la primera fila del salón de clases. Sostenían que el orgullo estudiantil era pasarla bien y aprobar los exámenes sin mucho esfuerzo. Nadie puede cursar ingeniería civil con esa pretensión por lo que algunos de ellos deben haber sido particularmente brillantes. Recuerdo a Schiafino, Traslaviña, Pepé Cantú, Perro Quintana, Ojón Castaños, Borrega Gonzalez y a Plácido Garza.
La carrera se considera difícil más no tanto como otras ingenierías pero extrañamente sí es la que obtiene menos premios académicos en las fiestas de graduación general del Tec que se celebran anualmente.
La rutina que diariamente seguíamos era muy parecida. Todas las tardes, de lunes a viernes, Tomás pasaba por nosotros en su automóvil y en su casa durábamos horas haciendo tareas y estudiando. Un café después del estudio ya noche en alguna Farmacia Benavides y aquí se rompió una tasa. Sábados y domingos eran para divertirse con los amigos que cada quién tenía por separado salvo que las tareas ameritaran trabajar el fin de semana cuando se repetía la rutina acostumbrada. Este estudio cotidiano me permitió seguir aprobando exámenes y son los Persignados en buena parte responsables de que terminara la carrera.
En la época durante la que estudié, ingeniería civil tenía la pretensión de abarcar las disciplinas de ingeniería en general. No obstante la enorme diferencia entre las disciplinas, las universidades, que parecen no enterarse a tiempo de nada, todavía graduaban ingenieros mecánicos electricistas. Además, ya se advertía que en la electrónica estaría el futuro y que pronto sería otra carrera por separado. Los enormes avances en la aplicación de la química y la física ya tenían a Gagarin en el espacio. La energía atómica pasaba de las bombas a las plantas para producir energía controlada. La cibernética anunciaba su irrupción en nuestra vida diaria. Ya se conocían aplicaciones de nano-tecnología. No obstante lo anterior los civiles pretendíamos abarcarlas. ¡Qué desproporción! ¡Qué monumental soberbia! Así entonces, llevábamos cursos de ingeniería eléctrica con taller en donde aprendíamos a conectar generadores y motores; y cursábamos ingeniería química, orgánica e inorgánica, con laboratorio de análisis cualitativo. Actualmente ya no se imparten estas materias porque las básicas propiamente de ingeniería civil; como estática, dinámica, resistencia de materiales, mecánica de suelos, hidráulica y estructuras; ocupan toda la dedicación posible de los civiles. Estos primeros años de la carrera son muy difíciles. En ellos se estudia la teoría de la que partirán las aplicaciones como: puertos, presas, canales de navegación, ferrocarriles, carreteras, instalaciones de edificios y diseño y cálculo en acero y en concreto. No siendo ninguna de las aplicaciones extremadamente difícil, sí requieren de tan diferentes criterios que muy pocos cursan la carrera con buenas calificaciones en todas las materias.
martes, 13 de mayo de 2008
Años de Escuela. Segundo de preparatoria
El Tecnológico me permitió presentar los cursos de inglés a título de suficiencia. Así entonces, por estar dividido el año escolar en semestres, desocupé cuatro horas de clases mientras cursaba preparatoria y las aproveché tomando cursos de profesional que no tuviesen incompatibilidad, esto es que no exigieran que hubiese tomado cursos anteriores. No pude adelantar estructuras metálicas mientras no terminara física de preparatoria y así pero encontré muchas materias que no tenían la incompatibilidad señalada. O sea que cuando me registré propiamente en la carrera de ingeniería civil, ya tenía cursadas varias materias de profesional. Conocí por lo tanto a muchas generaciones de compañeros ingenieros. En seis años hice preparatoria e ingeniería.
Estuve interno durante dos años. En el primer semestre de prepa me tocó de compañero de cuarto un estudiante que ya estaba cursando ingeniería. Se llama Pedro Fernández del Valle, alias Perico, y era a no dudarlo poblano. “Perro, perico y poblano: no los toques con la mano, tócalo con un palito porque es animal maldito” Nuestra actitud hacia todo era diferente. Él quería conocer a las muchachas de la alta sociedad de Monterrey, hacer amistad con la realeza regia, asistir solamente a eventos de categoría y jamás permitiría ser visto en bailes populares, cantinuchas, taquerías y cuchitriles o alternando con los “petroleros”, becados de PEMEX. Solamente admitía lo que correspondiera a su linaje y apellido. Sus pretensiones y presencia, sin embargo, eran modestas comparadas a las de otro compañero de cuarto que tuve en Loyola, en Los Ángeles, nada menos que don Federico Sáenz Larriba de Torreón, Coahuila. El más pretensioso y elegante de los culichis no le llega a los tobillos a don Federico. En el segundo semestre me asignaron a Roberto Stern, un joven judío, formal, piadoso, cumplido con su religión y dedicado estudiante. Con respeto, también con su ejemplo, me reclamaba que desperdiciara mi tiempo en correrías con los vagos de la escuela. En tercer semestre me asignaron a Juan Wiley, de Los Mochis, compañero ingeniero que exigía que nunca hablaras groserías contra las mujeres. Era anatema que dijeras: “pinches viejas” o cualquier común vituperio contra la mujer. Lección cuya validez acepto aunque nunca me he terminado de acostumbrar. Para el cuarto semestre nos fuimos a “La Silla” un viejo motel convertido por el Tec en internado separado del campus universitario. Allí nos agrupamos estudiantes de Sinaloa, Sonora y B.C. Después viviríamos en una casa de asistencia en calle Padre Mier, pocas cuadras antes de la iglesia La Purísima y enseguida, ya en profesional, en una hermosa residencia que rentamos en al Colonia María Luisa.
Los compañeros de Tijuana eran aficionados a los toros. Era frecuente que asistiéramos a las corridas. Para nuestra mala suerte la torería mexicana pasaba por un largo lapso en el que no había figuras. Calesero ya era viejo así como Procuna y Arruza que empezaba a rejonear. Espinoza, Silverio, Briones y Castro estaban retirados y el “Monstruo” español, Manolete, había fallecido. Toreaba Solórzano y un sinaloense Tirado pero ninguno era estrella todavía. El mejor mexicano de esa época era Joselito Huerta. Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Curro Rivera y el español el Cordobés todavía no empezaban. Los españoles que se presentaban en Monterrey no eran grandes toreros. Borrero y el Litri mal sacaron las corridas que les vimos. En España eran grandes figuras Ordoñez y Dominguín pero poco venían a México por un pleito entre las comisiones de toreo.
La dificultad de ver toros es que tienes que asistir a todas las corridas de la temporada. Es frecuente que sean un desastre cruento y cruel. Sales decepcionado una y otra vez y dejas de asistir resultando que cuando faltas la corrida fue gloriosa. La tarde de tu ausencia los toros embestían, los picadores no los masacraron agotándolos, los toreros querían lucir su ballet de la muerte y los que habrían ido a la fiesta llegaban roncos de tanto gritar: “Ole, ole, torero, ole matador”. Sin embargo ocasionalmente se presentaba un espectáculo de toros muy hermoso: La rejoneada. Me tocó ver a Ángel Peralta, extraordinario; a Álvaro Domecq, un maestro; y a Carlos Arruza, los tres con severo traje andaluz. Me tocó la primera corrida en Monterrey de Gastón Santos que se presentaba con traje como si fuera paje de cuento de hadas. Bloqueando la entrada a sombra varios carros negros con los guardaespaldas de su padre, Gonzalo N. Santos, el famoso “Alazán Tostado” tan notorio en nuestra política nacional, que asistía a la presentación de su hijo en Monterrey.
Alguna vez debió haber sido club de gente adinerada pero, para 1954, el Terpsícore era para bailes populares que se llevaban a cabo en amplios jardines y en una gran casa club. Mil doncellas asistían pero daba trabajo encontrar quien bailara como en Culiacán, esto es abrazados y de cachetito. Secretarias de médicos y de abogados, mujeres de la gran clase media baja de Monterrey y demás trabajadoras de cuello blanco eran las asistentes. Aunque la entrada era cuidadosamente vigilada se colaban representantes de la profesión más vieja del mundo. Los caballeros éramos cientos de estudiantes del Tec y de la Universidad de Nuevo León. La ocasión propicia para rivalidades y pleitos.
Platicar con gente de Monterrey era impactante. Vivían y trabajaban todavía los padres de las generaciones que ahora son los dirigentes de la industria regiomontana. Aquellos señores que fundaron los consorcios actuales eran trabajadores y frugales. Jamás se exhibían como derrochadores, nunca como irresponsables. Por imitación, sus esposas y descendencia hacían gala de medidos y de ahorrativos. Pero las malas costumbres se propagan. Ahora los hijos de aquellos austeros señores presumen de vinos y champañas, de viajes y de dispendios: hasta parecen culichis.
Con el antecedente de la buena secundaria en Loyola no había problema para aprobar las clases de preparatoria. La terminé con muy buen promedio.