Tormenta de noche sobre Culiacán. De día la tormenta la ponemos nosotros.

Tormenta de noche sobre Culiacán. De día la tormenta la ponemos nosotros.
De día, la tormenta la ponemos nosotros.

jueves, 3 de abril de 2008

Graduado de Loyola

En noviembre de 1951 nació el décimo Murillo Monge se llama Jorge, está actualmente de moda y verdaderamente que mis padres cerraron con broche de oro. A la segunda, Mercedes, le llevo dos años y a Jorge: diez y siete.
Cursé tercer año (junior) acompañando de los que escribían el periódico de la escuela y de los oradores y participantes del equipo de debates. Obtuve el sexto lugar general y me asignaron al grupo de elite para cuarto año. En este grupo llamado senior, el último de la secundaria americana, ya no había ningún deportista, ningún político, ni ningún activista. Éramos nerds, estudiosos e insoportables. Al graduarme en junio de 1952 terminé en primer lugar.
No me van a creer pero es la primera vez que lo digo y casi nadie conoce mi certificado de estudios donde se consigna este hecho. Esa era la política social de mi padre: Ser discreto, no provocar envidias, mantener un perfil bajo. Hasta ahora me animo a romper con ella. En este grupo selecto llevábamos física con taller, química con laboratorio y geometría del espacio además de sociología, inglés y temas contemporáneos. Los del grupo fácil llevaban taller mecánico, canto, educación física y demás.
Fui examinado dos veces para conocer mi I. Q. En el examen de California, el rango de I. Q. que se considera promedio es de 100, más o menos 10%. Abajo de 90 se tendrá dificultad para aprender y arriba de 110 se tiene facilidad. Ha habido importantes científicos con I.Q. debajo de 100 y muchísimos hombres exitosos que apenas alcanzan este promedio. Durante el primer año de high school, con año y medio en EE.UU. obtuve 101, al empezar el cuarto año, con cuatro años en los EE.UU. obtuve 119. Buenas marcas pero no fuera de serie. El promedio del grupo selecto de cuarto año era de 123 por lo que yo era de los que lo bajaban. Desde primaria hasta profesional, siempre tuve la suerte de tener de compañeros a dos que tres estudiantes excepcionales. No es humillante, simplemente así es.
En las idas y venidas a Los Ángeles tuve algunas experiencias relevantes. En un viaje conocí las “cebras” de Tijuana (burros con rayas pintadas) simpleza mayor para turistas, si alguna la hay. En varias ocasiones volé en DC3 de Aerovías Reforma de Culiacán a Tijuana con escala en Guaymas.
En otro viaje, cuando ya tenía diez y siete años, conocí a un joven de mi edad que me invitó al hipódromo de Delmar, ya en EE.UU cerca de Tijuana. Perdió su dinero y parte del mío y no permitía que yo dejara de jugar con ruegos y súplicas asegurándome que tenía información confidencial sobre el ganador de la siguiente carrera. Gemía cuando le decía que yo tenía que dejar de jugar. Cuando prácticamente me quedaba dinero solamente para continuar a Los Ángeles decidí retirarme del hipódromo. Tuve necesidad de ponerle las manos encima para poder irme asustado de lo buey que yo había sido. Qué humillante para mí que ya me creía un adulto experimentado. Qué tristeza ver de primera mano la compulsión del juego. A eso, que viví y que todavía me impresiona, nos estamos exponiendo con los garitos que autorizan las autoridades. Extrañamos al presidente Cárdenas que cerró el complejo de apuestas de Agua Caliente en Tijuana. Era también el burdel y el proveedor de drogas de Los Ángeles y San Diego. Qué tristeza que, olvidando nuestra historia y el problema de pobreza y droga-adicción que ya enfrentamos, no solamente se consigan anuencias para instalar casas de juego sino que tengan la afrenta de nombrarlas “Caliente”.
Fui invitado a pasar fines de semana en las montañas cerca de L.A. Con familias de compañeros conocí el lago Arrowhead y los campamentos para esquiar de los lagos Big Bear y Little Bear. En rústicas cabañas de madera, como antes en Altata para nada parecido a lo que ahora se estila; las familias, que gustaban del excursionismo y de los deportes de invierno, viajaban a las montañas igual que nosotros vamos a la playa. Aparte de lo extraño para un culichi de conocer la cultura de la nieve, estaba el atractivo de participar en cenas familiares con platillos que se comparten entre los comensales. Fondue, gravies grasientos sobre puré de papas o sobre carnes gordas cocidas y calientes y demás comidas obligadas como pescados de aguas frías con piel y grasa, huevos cocidos y demás ofensas culinarias que ayudan a soportar el frío.
Una gran experiencia fue inscribirme en el equipo de debates. Se preparaban temas de actualidad y se viajaba a competir contra otras secundarias del sur de California. Mi inglés mejoraba y en el último año, cinco en los EE.UU., llegué a pertenecer al equipo número dos de la escuela. El primer equipo lo formaban dos excelentes oradores que competían con éxito en los concursos regionales y nacionales de oratoria. Battaglia que sería primer secretario de California en el gobierno de Reagan y O’Donnell que es prestigiado ginecólogo en L.A. Éste último fue campeón de oratoria de los EE.UU. en concurso sobre héroes de su guerra de independencia.
Durante estos años se dio la intervención del ejército de EE.UU. en la guerra de Korea. En el verano de 1950 Truman envía tropas a Korea. McArthur es su comandante. En abril de 1951 Truman le quita el mando a McArthur y le ordena regresar a EE.UU. Trascendió que habría habido desacato de McArthur a las órdenes de su comandante, o sea el presidente, sobre la estrategia militar conveniente dada la intervención de China en el conflicto. McArthur no entendía el concepto de respuesta militar limitada, no comprendía por qué los EE.UU. no usaran todo su poderío militar para ganar la guerra. Esto incluía las bombas atómicas. El pueblo americano recibió con muestras de gran simpatía al general tanto en San Francisco como en Nueva York pero su intento de candidatura a la presidencia fue un fracaso. La guerra continuó hasta su estancamiento en el invierno de 1952 y terminó con los tratados de Panmunjon en 1953. Korea es la primera guerra que EE.UU. no gana; seguiría Vietnam que fue la primera que pierde, lección que no aprenden porque están a punto de perder la de Iraq.Al graduarme pronostiqué que me convertiría en ingeniero civil. Fui inscrito en el Tecnológico de Monterrey adonde pasé los siguientes seis años volviendo realidad mis augurios.

viernes, 14 de marzo de 2008

Años de escuela. Arribo a Loyola

Arribo a Loyola
Cursé el primero (freshman) y segundo año (sophmore) de high school en los años escolares de septiembre de 1948 a junio de 1950. Éste año nació mi hermanita Margarita. Inteligente, observadora y curiosa, alegró durante años a mis padres y a mi tía Carmelita con sus reportajes de los acontecimientos del barrio.
La primera noche que me quedé solo en Loyola, al entrar al cuarto para cuatro internos recién ingresados a primer año, dos de ellos torturaban a uno más pequeño tirándole sus libros al suelo. Entré y ordené que pararan el juego. Los jovenzuelos americanos, de mayor tamaño que yo, se me quedaron viendo, no entendían lo que les decía porque yo era tan pequeño como el torturado. Debo haber tenido un lenguaje corporal convincente o bien todavía despedía el tufillo de la correccional en donde había estado, el hecho es que obedecieron. En adelante Walter Bell, que así se llamaba la victima, sería mi amigo. Decidido a conocer la literatura de EE.UU., Walter tenía tarjeta de la biblioteca pública de Los Ángeles, yo todavía conservo la que me insistió consiguiera, y él sacaba tres libros a la semana, mismos que leía en ese lapso. Al tiempo Walter sufrió varias crisis nerviosas y fue corrido de la escuela después que intentó suicidarse. Sería readmitido y se graduó en Loyola. Walter era amigo de un estudiante también de Loyola que era hijo de chinos de L.A. cuyo padre tenía la más grande colección de grabaciones de todo tipo de música clásica. Me tocó escuchar a Caruso en discos cilindrícos de pasta, presencié discusiones sobre las virtudes de dirección de Furtwangler y de Toscanini. En fin, que tuve que seguir protegiendo de las burlas y agresiones de los demás compañeros tanto a Walter como a su amigo chino.
Loyola tenía un sistema educativo que fuera imposible en estos tiempos más democráticos, didácticos o lo que sean. Desde el primer grado seleccionaban a los alumnos que estimaban podían con mayor carga de trabajo para colocarlos en grupos jerárquicos de capacidad. Por haber obtenido pobres resultados en el examen de admisión, me colocaron en el grupo más fácil para cursar el primer año. Fueron mis amigos los mejores deportistas de la escuela y los políticos estudiantiles que pedían el voto para llegar a la directiva de la sociedad de alumnos. Al empezar el segundo grado, no me pasaron al grupo selecto sino a uno intermedio no obstante que en primero obtuve el doceavo lugar general pero creyeron que habría tenido la ventaja del grupo fácil de primero. Este grupo de nivel intermedio tenía, aparte de algunos deportistas, a los actores del programa de teatro. Obtuve el octavo lugar y todavía así no me colocaron en el mejor grupo.
Por razones patrióticas, por no saludar la bandera de EE.UU. a diario y prometer lealtad a la misma, no participé del entrenamiento militar que Loyola ofrecía. R.O.T.C. (Cuerpo de entrenamiento de oficiales de reserva) No aprendí a desarmar la Colt 45, el Garand 30, ni el BAR. No aprendí a leer mapas militares, ni a marchar en formación. No me tocó ser enseñado a tirar al blanco con munición verdadera en el campo de tiro del colegio y por tanto no participé en los concursos de tiro regionales y nacionales. Ahora considero exagerado mi patriotismo. Me pregunto: ¿Con qué dispensa especial asisten los cadetes del H. Colegio Militar a estudiar a la academia militar de West Point o bien los estudiantes mexicanos que han asistido a academias militares en los EE.UU.?
Los jesuitas lograron que dejara de pelear con mis condiscípulos. Cuando llegué al internado para el segundo año, me asignaron de compañero de habitación al campeón de box de la escuela que además corría las carreras de 400 y 800 metros, jugaba fútbol americano, estaba en cuarto grado y era desde luego mayor que yo. Un joven judío, Jack Roth, que era becado y tenía la recomendación de hacerme hacer ejercicio para que equilibrara el tiempo entre el estudio y el ejercicio. A partir de entonces ningún estudiante de mayor edad o tamaño se atrevería a buscarme camorra, debido a mi compañero de cuarto, como tampoco lo harían los de mi edad en virtud de mi entrenamiento diario. Como consecuencia de una mayor seguridad personal me fui volviendo pacífico pero me quedó la costumbre, de por vida, de hacer sentadillas, lagartijas, abdominales, brincar cuerda y hacer sombra.
En 1948 se empezó a sembrar con agua de la recién inaugurada Presa de Sanalona. La construcción de la presa y del sistema de riego, el desmonte del Valle y las primera cosechas dieron a Culiacán a sus primeros jóvenes con dinero de sobra. Empiezan los sueños de grandeza y las conversaciones son de whiskey y cognac, de la tambora, las serenatas, los viajes, las mujeres y el dispendio. Me tocó escucharlos repetidas veces: son las mismas actitudes de ahora que de entonces nos vienen. El alarde, la fantochada, el desprecio por los que no sabían gastar. Muchos se extraviaron en el camino.
En 1949 los Estados Unidos perdieron China. Nunca fue de ellos pero así se expresaban en los EE.UU. para indicar que el partido comunista de Mao Zedong había triunfado en su guerra civil contra los nacionalistas de Chiang Kai-Shek. Los dos bandos reclamaban ser sucesores de la republica fundada por el Dr. Sun Yat-Sen después del derrocamiento de la dinastía Manchú. Se conocen como “China Hands” a los funcionarios del Servicio Exterior de los EE.UU. que informaban a su gobierno que los nacionalistas eran incompetentes y corruptos y que perderían eventualmente con los comunistas. Recomendaban, además, como táctica práctica y sensata el negociar con Mao y Shou En-Lai. Sabían que China era una nación con su propio carácter y que sus dirigentes no eran lacayos de Stalin ni de Rusia. Curiosamente el general, jefe de las tropas de EE.UU. en el continente asiático durante la guerra contra Japón, informaba y recomendaba exactamente lo mismo. Al regresar a EE.UU. después de la guerra, el general Stilwell fue silenciado por sus superiores. Sus documentos se conocen porque su viuda, enojada por los atropellos morales contra su esposo, los hizo públicos. Se supo entonces que Stilwell se refería a Chiang Kai-Check como “cacahuate” y como éste se hacía llamar “generalísimo”, Stilwell le decía a Madame Chiang la “madamísima” que conlleva en inglés la connotación de regenteadora de burdel o madrota. Shou En-Lai asistió al sepelio de Stilwell en los EE.UU. A los China Hands les arruinaron sus carreras en el servicio diplomático y los persiguieron, durante el McCarthismo, como simpatizantes comunistas. Conocían el país y a los protagonistas de ese tiempo mejor que nadie puesto que muchos eran nacidos y habían sido criados y educados allá porque eran hijos de misioneros en China. Su pecado fue informar honestamente a su gobierno de lo que sucedía. Es muy común que los superiores se molesten con noticias que no quieren escuchar.

sábado, 8 de marzo de 2008

Años de escuela. Octavo de primaria

Octavo de primaria
En el verano de 1947, en Guadalajara, nace Teresa, mi hermosa hermanita. Alta y parecida a mi madre nos hemos vuelto amigos en los últimos años.
Fracasado el intento de inscribirme en una secundaria, mi padre decide llevarme y visitar escuelas personalmente. Primero vamos a St. Catherine’s, una junior high católica militarizada. Acababan de tener de alumnos a varios culichis y no quieren a otro más. Visitamos, St. John’s que era otra escuela católica militarizada adonde había estado otro primo y consecuentemente me rechazan. Visitamos al obispo auxiliar de Los Ángeles, señor McGuken que había sido invitado al Congreso Eucarístico que se había celebrado en Culiacán en 1943 para festejar el fin del acoso a la iglesia. Mi padre le había atendido durante su visita. Recomienda St John Bosco que dependía de la diócesis y que era casi reformatorio. Le di lastima al padre director y G. a D. seguimos buscando. Ingreso, por fin, a octavo grado de la primaria americana en una escuela recién fundada por monjas irlandesas. No sé bien si era orfanato o reformatorio pero por suerte los grados de sexto, séptimo y octavo estábamos en un mismo salón y para quien desconocía el idioma era una situación ideal recibir clases sobre temas conocidos, en tanto que yo había cursado primero de secundaria en Guadalajara.
En menos que se los cuento me tramo a puñetazos con un gringo rubio de mi tamaño, parecido a Richard Windmark. Nos separan. Poco después, me enfrento a uno más grande que yo y no me va tan mal. A los pocos días me encuentro en el gimnasio rodeado de compañeros y sin monjas a la vista. Un jovenzuelo alto y muy fuerte, apellidado Tuna, aparentemente el jefe del grupo me dice: – No queremos dificultades en la escuela. Aquí tenemos jerarquía y todo el mundo se disciplina. ¿Te animas a pelear conmigo? – No, le contesto. – (Tengo mal carácter pero no como lumbre) – Bien, le entras a Windmark.– Sí, le digo.– Y empezamos a pelear. Me revienta la nariz, me pone un ojo morado y nos separan. –Ya está. – dice Tuna – Yo soy el que manda, Windmark es el segundo y tú el tercero, los demás obedecen. Qué tanto de esto que pasaba era del conocimiento de las monjas, no estoy seguro pero pienso que todo estaba dirigido por ellas. Deben haber administrado un penal en Irlanda antes de venir a los EE.UU.
Banshee, espíritu de mujer en gaélico, es el equivalente de nuestra Llorona. La gente pequeña, o sean los “leperchauns” o duendes irlandeses son iguales de tamaño y de traviesos, y a veces de crueles, que nuestros “fascicos”, tristemente a punto de desaparecer del folklore sinaloense. Recuerdan el estribillo que decía: “Ese fascico que está en la quesera, que meta la pata que tiene de fuera” También tienen tamaño y carácter similar los “aluxes” yucatecos, que son o bien juguetones o bien auxiliares de Xtabay, la mujer de blanco asociada a la luna, que encanta y devora a los hombres en los montes de nuestra hermana república de Yucatán. Así también son los nibelungos, enanos que atesoran y guardan oro del río Rin en la mitología germana.
Todo el encanto de los irlandeses, pueblo pobre y enamorado, de gente soñadora, pendenciera, indolente y desobligada me llega sumándose a las tradiciones españolas, mestizas e indias heredadas de la infancia. (Mencionar que Irlanda es, en los últimos años, el país de más rápido crecimiento de Europa le quita romanticismo a este comentario pero por otra parte da esperanzas de algún día México despertará) Aparecidos, encantamientos, talismanes, entierros, tesoros nunca hallados escondidos por afamados bandidos, el Nahual, las apariciones del demonio y las noches en las que las lechuzas y tecolotes se precipitan sobre los techos de las casas asustando con sus golpes a todo el mundo. En breves siete meses cantando canciones de añoranza de la tierra que se dejó, de la novia que se quedó en Irlanda, del novio que prometió volver, de la banda del pueblo, de la cantina y la cerveza regional y del verde valle que apenas se distingue entre la tenue bruma de la mañana: como ven son las mismas letras de nuestras canciones (Al golpe del alba la niebla es ligera); aprendo inglés y tomo el examen de admisión a Loyola High School.
Las monjas reúnen a todos los alumnos para anunciar orgullosas que un par de sus internos, un tal Murphy y yo, aplicaremos, como se dice ahora, a Loyola. Nos conminan a representar dignamente a la escuela. Imaginen, recién llegadas y pronto tendrán ex alumnos en la preparatoria de los jesuitas. ¡Qué orgullo!
Días después las monjas no nos hablan. Cuando las pasamos en los pasillos nos voltean la cara. El par de burros habíamos reprobado el examen de admisión. ¡Qué decepción, qué vergüenza!
Avisan a don Arturo que yo había obtenido el lugar 250 de 500 solicitantes y que Loyola admitía solamente a los primeros 200 examinados. A mi padre no se le hace tan malo el lugar obtenido puesto que yo tenía apenas siete meses en EE.UU. Vuelve con el obispo McGuken que había recomendado la primaria un año antes y frente a él me pregunta:
– ¿Verdad mijo que no es tonto?
– No apá.– le contesto.
– Ya ve, su señoría, le hace la lucha. ¿Verdad mijo que quiere estudiar?
– Sí apá.
– Ya ve su señoría, el muchacho tiene voluntad.
El obispo ríe con el auto alegórico, enseguida habla conmigo en inglés, le constaba que un año antes yo no sabía el idioma, luego habla con la monja directora de la primaria y después de muchos ruegos, mi padre le convence que me recomiende a Loyola. Así fue como ingresé a la académicamente más prestigiada secundaria del área metropolitana de Los Ángeles.
A McGuken no le era fácil recomendarme. El obispo, administrador y pastor de su diócesis, autoriza el establecimiento a las órdenes religiosas que soliciten residencia en su territorio. Además da permiso, en su circunscripción, a los sacerdotes para oficiar los sacramentos y atender feligreses. Sin embargo, una vez establecidas, las órdenes que no pertenezcan al clero regular, dejan para muchos efectos de depender de la autoridad episcopal ya que ellas tienen sus propias autoridades. McGuken tendría que solicitar un favor de los jesuitas al recomendar mi admisión a Loyola. ¿Cómo le cobrarían? Éste era quizás su problema. McGuken era además solamente obispo auxiliar. Así de persuasivo solía ser don Arturo.
Paso el verano de 1948 en Guadalajara, como siempre, pero me empieza a inquietar el estudiar fuera y el no pasar el verano en Culiacán. Además ya soy un adolescente de 14 completos años.

martes, 19 de febrero de 2008

Años de escuela. Primero de secundaria

Primero de secundaria
Cumplí doce años en el verano de 1946. La familia está en Guadalajara para las vacaciones y soy inscrito en el prestigiado Instituto de Ciencias, secundaria y preparatoria de jesuitas. También ingreso en el Internado Kotska, una casa de asistencia independiente del Instituto pero recomendada por éste. Al menos veinte estudiantes viviremos en una vieja y hermosa casona de muchas recámaras, en Vallarta y Marsella.
El cambio, de la primaria en el Cervantes en Culiacán a la secundaria en el Instituto en Guadalajara, no fue tan grande en cuanto a las obligaciones escolares pero fue enorme por varias razones. Dejas la casa y las comidas a que estás acostumbrado; dejas el calor de tu amorosa madre; te alejas de tus amigos de siempre; dejas de ser el hermano mayor y empiezas a vivir con jóvenes de más edad y es necesario adaptarte al hecho de que pueden hacerte la vida difícil o de golpearte, dado el caso.
Al poco tiempo de estar interno, me toca ver la lluvia de estrellas de octubre de 1946, el espectáculo celeste más impresionante desde la penúltima aparición del Cometa Halley en 1910.
La más conocida lluvia de estrellas, o tormenta de meteoros, es el cruce, que sucede cada 33 años, de la orbita de la Tierra con la orbita de los restos del cometa Temple, que estalló y quedó en orbita alrededor del Sol. Se llaman los meteoros Leonidas. La última de estas lluvias fue en noviembre de 1999. La vimos en Altata y fue divertida pero no espectácular. La lluvia de 1946 fue un accidente celestial. Aunque cada siete años puede suceder, en octubre de 1946, la Tierra cruzó la estela de un conjunto de escombro espacial que por parecer que sale de la cabeza de la constelación Draco, el Dragón, se les llama Draconidas. No había nublados, el smog todavía no existía, esa noche no había luna y en el Guadalajara de entonces, las Colonias estaban lejos del centro y les llegaba poco reflejo de la escasa iluminación de la ciudad; nada estorbaba la observación del firmamento. Subimos colchonetas al techo de la casona y acostados sobre ellas pasamos más de una hora, quizás dos, viendo una constante lluvia de estrellas fugaces. Asombroso. Mi amigo y doblemente compadre, Dr. José Manuel Peraza Castellanos, vio la lluvia de estrellas en Culiacán.
El cometa Kohoutek, en 1974, se veía como una Venus más grande; la Estrella de Belén, conjunción de varios planetas, que se observa cíclicamente es singular pero no impactante; el cometa Halley, en 1986, se vio pobremente en Culiacán y no vuelve hasta dentro de 76 años; y aunque me tocó observar al cometa Hale-Bopp, en marzo de 1997, del tamaño de la luna llena cuando está en cenit y aunque su cola era apreciable y hermosa, ésta aparece fija sobre el firmamento en vez de cruzarlo como las estrellas fugaces. Nada comparable con la lluvia de 1946.
De este año, transitorio en tanto partiría a los EE. UU., cuando algún colegio me aceptara, recuerdo mi creciente afición por el futbol y los antojitos de Guadalajara.
Jugué en la más baja división, tercera, del Instituto con un equipo llamado Necaxa. Da risa verme en la foto acostumbrada con el equipo. Hincado y con la media caída, al estilo del barrio. Lástima que el barrio en mención esté en Buenos Aires. El Atlas era el equipo de la época. Alguien decidió que los mexicanos no teníamos estatura, peso, ni fuelle para jugar fútbol de velocidad y de tiros largos. El Atlas trajo un entrenador argentino y durante algunos años era sensacional el nuevo estilo de pases triangulados, dominio del balón, gambeta. Era la época en la que orgullosamente decíamos: “Jugamos como nunca: perdimos como siempre”. Qué bueno que esto cambió y que nuestra selección ahora se rifa con cualquiera, ganando y perdiendo desde luego, pero verdaderamente compitiendo.
No puedo obviar los antojitos de Guadalajara. Las nieves de agua de fresa y de guanábana del estanquillo en Lafayette, las tostadas de pata y las tortas ahogadas del Santuario, el chinchayote, el pulque curado, así es, llegabas a la gran jarra de barro afuera del mercado Corona y el pulquero te vendía un vaso aunque tuvieras doce años. También recuerdo la crema espesa, los birotes salados, los elotes tiernitos, el aguamiel de caña y las tunas de todos colores a no decir de los dulces rojos de tamarindo de Chapala y las bolitas de leche quemada.
Una diversión casi diaria era patinar en los camellones de Lafayette, ahora Avenida Chapultepec. Apretando las uñas de mis Torrington en el bordo volado de la suela de mis zapatos Destroyer, giraba haciendo piruetas para que me vieran las niñas de mi edad que de sonreírme o saludarme me pondrían el rostro rojo como tomate maduro.
Los mexicanos rebozaban optimismo. Fluía el crédito internacional para construir presas, caminos, escuelas y electrificar al país. Miguel Alemán, risueño, galán, costeño, era un promotor incansable de la economía moderna. Su enriquecimiento, y el de sus rapaces acólitos, lo perdonábamos porque México ingresaba al mundo contemporáneo dejando atrás la economía de subsistencia, el apego a la Tierra, la escala de valores campirana. La riqueza ya no provendría del ahorro sino de la promoción. La ilusión de los políticos dejó de ser el caballo fino, el valioso semental o las buenas tierras; deseaban el piso en Acapulco y el edificio en Reforma. En los tiempos modernos se pondría peor.
El anuario del Instituto, 1946–1947, llamado “Recuerdos” consigna que en primero B corrían parejas en aplicación, en español, Arturo Murillo y Juan Vergara, que no ha de faltar quien sea.

sábado, 16 de febrero de 2008

Años de escuela. Sexto de primaria

Sexto de primaria
Los llamados “Juicios de Nuremberg” se celebraron de noviembre de 1945 a octubre de 1946. Los Aliados sometieron a juicio a los líderes políticos, económicos y militares alemanes capturados. Hubo sentencias de diez a 20 años de prisión y también sentencias de muerte. El Holocausto Asiático, llamando así a los crímenes de guerra de los japoneses, opaca al Holocausto de los judíos en Europa, pero los llamados “Juicios de Tokio” raramente son mencionados. Los japoneses fueron acusados y sentenciados por masacres de civiles, como la de Nanking; experimentar armas bacteriológicas en naciones ocupadas; uso de armas químicas; someter a no combatientes a trabajos forzados; prostituir mujeres para ponerlas al servicio de sus tropas; saqueos, torturar a prisioneros y otros horrores que difícilmente podemos concebir.
Independientemente de que los Aliados también cometieron atropellos imperdonables y de que el lanzamiento de las bombas atómicas sigue siendo moralmente reprobable; es tal el horror de los crímenes de las fuerzas del Eje que, aunque hayan sido beligerantes quienes los cometieron, tenemos que culparnos todos porque solamente siendo crímenes del género humano podemos perdonar o bien olvidar a quienes los perpetraron.
Es particularmente difícil juzgar la actuación del gobernador militar de Japón durante la posguerra, el General Douglas MacArthur. Protegió a Hirohito y a su familia y no permitió que fuese enjuiciado. Esto contribuyó a restablecer la dignidad de los japoneses auxiliándolos a recuperarse del trauma de la guerra pero por otra parte muchos miembros de la familia real eran claramente coparticipes de los crímenes de guerra y quedaron impunes. Igual hizo con los militares que no habían luchado en frentes de guerra en donde él comandaba a los Aliados. A estos militares los nombró administradores civiles durante la ocupación americana de Japón. A los que personalmente pelearon en su contra, los enjuició y castigo hasta con pena de muerte.
La constitución del nuevo Japón y el establecimiento del régimen del Japón actual fue obra principalmente de MacArthur. Dio el voto a la mujer, eliminó las castas y vigiló que el gobierno funcionara antes de terminar la ocupación.
El maestro de sexto año era el profesor Zazueta Russell que sustituyó al maestro Guerra a medio año. Zazueta Russell era un hombre agradable que enseñaba con gran empatía con sus discípulos. Terminaba mi primaria habiendo tenido un buen maestro tras otro lo que había sido un privilegio.
La fiesta escolar de fin de cursos del Colegio Cervantes fue en el Casino de Culiacán. Adonde ahora está el Casino de la Cultura. Terminaba primaria y quería obtener la única presea escolar a la que los estudiantes dábamos importancia, esta era el “diploma de aprovechamiento”. El Colegio repartía medallas y bandas: de asistencia, por no faltar; de asiduidad, por no llegar tarde; de higiene, por asistir bañados; de honor, por ser respetuoso, en fin creo que hasta por pagar a tiempo la colegiatura y por lo que se les ocurra. Al finalizar el evento bajábamos las escaleras y un condiscípulo, que habría ocupado el cuarto lugar de la clase, me reclama: “Sacaste el diploma”. – ¿De qué te quejas? – Le dije – obtuviste varias medallas y bandas. Eres el estudiante más condecorado de la generación: ¿Qué más quieres? – Se puso serio y me contestó: “Te cambiaría todas las corcholatas y listones por ese diploma que ganaste”.
Así fue. Alguien, de cuyo nombre no quiero acordarme, obtuvo el primer lugar; otro, que tampoco quiero recordar, ganó el segundo lugar y yo fui el tercero, último con derecho al apreciado diploma.
El país había prosperado durante la guerra. Es año de elecciones nacionales y se elegirá nuevo presidente de la República. Son candidatos Ezequiel Padilla Peñalosa y Miguel Alemán Valdez.
Padilla había sido senador, procurador de justicia y secretario de relaciones exteriores. En mancuerna con Alemán habían resuelto las reclamaciones consecuencia de la expropiación petrolera, habían negociado pactos económicos favorables y obtenido créditos blandos para industrializar el país. Sin embargo, a Padilla se le asociaba con los EE.UU. pero no a Alemán aunque hubiese sido protagonista en todos los arreglos. Esta asociación distanció a Padilla de la izquierda por lo que el PRI eligió a Alemán como su candidato. Padilla se lanzó independiente y tuvo buena aceptación pero no la suficiente para derrotar la maquinaria electoral oficial. Ganó Alemán que había sido gobernador de Veracruz y secretario de gobernación. Aunque haya consultado los datos de Padilla, los platico porque asistí al mitin que reunió mucho público para escucharlo hablar desde la pérgola que había en Malecón y Obregón. El país, además, se civilizaba: Padilla no es asesinado ni obligado a expatriarse.
Durante 1945 murieron los únicos abuelos que conocí. En marzo murió mi abuela materna: Silvina McKay Ávila y en diciembre mi abuelo paterno: Heriberto Murillo Edesa. De joven no piensas en la muerte. Te visita, se va, no la entiendes y sigues hasta que con los años te empieza a picar las costillas para que adviertas que te está esperando.
Durante el verano cumpliría doce años y ya se ponderaba en familia qué diantres hacer conmigo. Empieza en casa la discusión de adonde sería bueno mandarme para continuar mis estudios. No recuerdo bien si para que aprovechara mejor la secundaria o simplemente para quitarme de encima, ya que por mi mal carácter no congeniaba con nadie y ocupaba tanta atención como el resto de mis seis hermanos.
Mi padre decide enviarme a EE.UU. y procede a hacer la solicitud correspondiente a varias escuelas. Todas niegan mi ingreso porque se pretende que vaya a secundaria y especificamos que acabo de terminar sexto año siendo que en los EE.UU. la primaria consta de ocho años. Total que soy enviado a Guadalajara, al Instituto de Ciencias, muy prestigiada secundaria y preparatoria de jesuitas.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Años de escuela. Quinto de primaria.

Varios lectores de Noroeste me piden explique por qué a tan tierna edad estábamos enterados de la II Guerra Mundial. Creo que el siguiente párrafo ayudará a entenderlo.
Cuando empezó la II Guerra Mundial, septiembre de 1939, tenía solamente cinco años y siete cuando Japón bombardea Pearl Harbor, diciembre de 1941. No sabía nada de la Guerra. A los ocho años me integro a la palomilla de Rosales y Morelos. Los niños de más edad de este grupo tenían de dos a cinco años más que yo y ya estaban conscientes de las batallas en Europa y el Pacífico. Además, en Rosales, en la misma acera donde vivían mis abuelos y casi frente a los Blancarte vivían los Timmerman, dueños de Tenería Atlas, vecinos en El Barrió de la Tenería Murillo que administraba mi padre. Timmerman tenía dos hijos y una hija en las fuerzas armadas alemanas. En esa cuadra también viviá el Sr. Max Hach cuya familia, años después, ha estado tan cerca de los Murillo que la consideramos parte de la nuestra. También no lejos vivían los Schiller y Haberman, familias con hijos de mi edad y amigos desde entonces. Herr Radke y el Ing. Gerzabeck eran maestros de la Universidad de Sinaloa. Por la Colón vivía el Sr. Pauwells padre de Gilda, Leo e Inga, queridos amigos de siempre. A Leo y a Gustavo les decíamos nazis y en vez de enojarse les daba gusto. Mi pediatra fue el Dr. Okamura padre, mi dentista el Dr. Koyama, el refresquero de Culiacán era Ninomiya, las mejores nieves eran de Monobe y los trabajos de hojalata que se ofrecían en la Tenería los fabricaba don Arturo Shimizu. Hombres y mujeres de bien, útiles, gente de trabajo, de respeto y muy apreciados en Culiacán. Además, los únicos gringos que conocíamos tenían apellido alemán: Heisser y Grenfeld. En aquellos años, todavía, henchidos de patriotismo, recitábamos con López Velarde: “Patria: Tu mutilado territorio se viste de percal y de abalorio”
En el año escolar, que empezó en 1944 y terminó en junio de 1945, curso quinto de primaria. La regla de tres se vuelve compuesta, esto es con términos combinados de proporción directa e inversa. En quinto año, además, aprendes a operar con los temibles quebrados. Nuestro maestro es el profesor Márquez. Alto, delgado, violento, maltrataba a los alumnos de palabra y era impaciente y desesperado. “Pedazo de atascado, no pones atención: ¿Cómo vas a aprender así?” solía gritar a los pupilos remisos. El borrador o el gis eran frecuentemente misiles lanzados por Márquez a los inatentos. Con todo y eso, Márquez enseñaba bien. Definitivamente no habría durado un minuto en la cátedra en estos tiempos pero no puedo opinar mal de quien me enseñó los primeros razonamientos matemáticos complicados.
En las escuelas católicas y en las laicas disfrazadas, como el Cervantes, se cantaban canciones patrióticas de guerra. Cantar del regimiento, Juana de Arco y otras. En las escuelas públicas, se había hecho cantar a los alumnos el himno obrero y del comunismo llamado: “La Internacional”. Considerando que los soldados que peleaban en ambos lados eran trabajadores y que no había burgueses en los frentes de guerra: el comunismo estaba en contra de la guerra. Para alentar el patriotismo ruso, Stalin abandona estos principios y propicia el sentimiento nacionalista ruso para defenderse de los alemanes. Declara la “Gran Guerra Patria” para preservar: “La santa Rusia”. Consecuentemente en las escuelas públicas empezaron a cantar: “La pajarera”
Habiendo desalojado a los japoneses de las islas del Pacífico falta sacarlos de las islas que definen su mar interior. En enero salen de Filipinas, después de islas propiamente japonesas como Iwo Jima y Okinawa. Los días 7 y 8 de mayo de 1945 Alemania firma su rendición incondicional. Sus ciudades devastadas, su pueblo hambriento, veinte millones de vidas alemanas sacrificadas. ¿Para qué?
Viajaríamos por tren de Culiacán a Guadalajara. Recuerdo el nerviosismo que siempre se presenta cuando una familia grande aborda un transporte. Escucho a mi madre advertir que siente que viene el niño que espera. Todavía no es la fecha por lo que don Arturo, que se quedará en Culiacán, mi madre y mi tía Carmelita, que nos acompaña, deciden que probablemente la tensión de la salida esté causando el presentimiento de mi madre. El tren salió de Culiacán, al oscurecer. A los pocos kilómetros, cerca de La Cruz de Elota, el 26 de julio de 1945, en el carro dormitorio llamado Aristóteles, nace mi hermano Fernando Heriberto. Desde entonces “Feri” por su nombre y por ferrocarrilero. Una partera asiste al alumbramiento que resulta feliz y sin contratiempos. Mi madre y el niño bajan en Mazatlán hasta que mamá termine de sanar. El resto de la familia sigue el viaje al cuidado de Tía Carmelita.
Las vacaciones de verano en Guadalajara nos daban la oportunidad de ver fútbol profesional al que nos llevaban, a primo Enrique y a mí, los primos de mayor edad que allá residían: Raúl y su cuñado Fernando. Todavía jugaban grandes estrellas que habían llegado a México como refugiados de la Guerra Civil Española. Me tocó ver jugar a Pepe Valtonrrá con el Atlante, a Luís Regueiro con el Asturias y a muchos otros. Algunos estaban en las postrimerías de sus carreras pero todavía mostraban su categoría. Mención aparte merece el haber visto a Isidro Lángara. En la liga española, con el Oviedo, Lángara fue tres veces campeón goleador. Ya en América, en Argentina, jugo 4 años con el San Lorenzo de Almagro, fue el máximo goleador de dicha Liga en 1942. Después juega en México, contratado por el España, y gana dos títulos de máximo anotador.
EE.UU. decide forzar la rendición incondicional de Japón. Deja caer bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Es principios de agosto de 1945, en Guadalajara, cuando antes de mediodía repican las campanas de todas las iglesias. Anuncian la rendición de Japón y el fin de la Segunda Guerra Mundial. Acabo de cumplir once años.

martes, 12 de febrero de 2008

Años de escuela. Cuarto de primaria

De septiembre de 1943 a junio de 1944 estuve en cuarto año de primaria. Desconozco por qué cuarto año se considera un lapso tranquilo mientras que tercero y quinto son difíciles. En fin, así es. La regla de tres se vuelve proporcionalmente inversa y algo más difícil, la gramática algo tediosa, interesante la geografía y la historia nacional es un deleite.
La Guerra seguía, las derrotas de las fuerzas del Eje continúan y el resultado de la lucha ya está definido sin embargo siguen las cruentas batallas. En todo el frente ruso los alemanes están en retirada. Los B17, llamados fortalezas, a diario surcan los cielos destrozando las ciudades alemanas. Desde julio del 43 los aliados desembarcan y toman Sicilia. Italia se rinde incondicionalmente y en enero de 1944 los aliados desembarcan en la costa cercana a Roma y en varios puntos del extremo sur de la bota italiana. Los japoneses siguen replegándose en el Pacífico. La guerra, si alguna vez lo tuvo, pierde sentido. El Eje está derrotado pero tienen esperanzas en armas milagrosas que tienen en desarrollo. El tiempo que transcurre es una carrera tecnológica para ver quién inventa nuevas armas de destrucción masiva. Los alemanes bombardean Londres con cohetes V1 y V2 y se adelantan en hacer funcionar aviones de turbina, los jets. Se empieza a especular quién inventará la bomba atómica. En junio de 1944 los aliados desembarcan en Normandía para avanzar sobre Berlín mientras los rusos aplastan toda resistencia alemana a sus avances masivos sobre el mismo objetivo.
Los “simulacros” fueron otra más de nuestras ridiculeces. Sobre el techo del entonces edifico del Ayuntamiento, ahora el Museo de Arte de Sinaloa, Masin, sonaba una sirena después de oscurecer. De qué tamaño sería Culiacán que todos escuchaban la sirena y procedían a apagar la iluminación de las casas para que los aviones que bombardearían la ciudad no la vieran y se fueran de paso. Desde luego se sabía que el objetivo del programa era una entelequia en tanto el alcance de los aviones de la época hacía imposible el supuesto bombardeo, entonces: ¿Para qué el programa? ¿Para qué los apagones con inspectores recorriendo las calles para asegurar su cumplimiento?
Por primera vez en mi vida estoy cerca de un evento en extremo vergonzante. Un maestro del colegio es expulsado acusado de manosear a sus alumnos. Todos sabemos de qué se trata pero el tema se evade en las conversaciones familiares. Yo era cajero de la banda de guerra, la compañía de niños de mayor edad y de preadolescentes nos iba enseñando, con la desinformación que deben suponer, lo que no debíamos saber. Así era, con los padres el tema era tabú. Entre los niños el asunto del maestro expulsado estaba lleno de misterio y de morbo. La mayoría teníamos de 9 a 10 años de edad.
En este tiempo, o en el año anterior, me cambié de barrio. Acosado por los Güemez y los Gamez que invadían la esquina del Santuario, a media cuadra de mi casa, buscando pleito y a los que yo tenía que hacer frente con muy malos resultados, me empiezo a reunir con la palomilla de Rosales y Morelos. Amado Blancarte, Humberto Lizárraga, Oscar Armienta y Antonio Amézquita son los más grandes, de mi edad mi primo Enrique y Àlvaro, hermano de Amado, y más jóvenes Eduardo Valenzuela y Jaime Díaz. Somos partidarios del Eje, desde luego, pero ya cuesta trabajo reírnos de las películas de propaganda gringas.
La otra conversación recurrente era la violencia en nuestro estado. El 21 de febrero de 1944, en el Carnaval de Mazatlán, es asesinado el gobernador del Estado Coronel Rodolfo T. Loaiza. Se arresta, acusa y sentencia a Rodolfo Valdez, alias El Gitano, como autor del crimen pero luego surgen versiones desmintiendo la versión oficial. Que Valdez estaba afuera platicando cuando se oyeron los balazos, que fue otro el que disparó, que no fue por líos de tierras del Sur del estado sino por diferencias políticas del gobernador cardenista con el gobierno de Ávila Camacho, etc. etc.
En cualquier oportunidad aparecen los guantes de box y dejamos de tirar golpes en remolino para adelantar con la izquierda y cruzar con la derecha, bailar sobre la punta de los pies buscando la apertura del contrario pero apoyarte en ellos para golpear. Las peleas ya no son cuestión de furia sino de agilidad, de técnica y de astucia.
La comida que se acostumbraba era sencilla. De cena no era raro que te sirvieran una ración de cuchara de cocina de frijoles, sobre ellos un pedazo de asadera y una ración similar de quelites. A la noche siguiente la cena sería los mismos frijoles y asadera con la cucharada de colache o verdolagas al siguiente día o mochomos los días de fiesta y ya. Té de canela o de manzanilla para acompañarlos. Les garantizo, además, que en casa comíamos comparativamente muy bien. Si les da coraje o me desmienten es que tienen muchos tamarindos en la cabeza o mala memoria.
Jugábamos con trompos, baleros y canicas. Las más comunes de estas eran las llamadas cementos hechas con arcilla horneada. Lo más rústico y corriente que podrías imaginar. Un juego frecuente era aplanar una ficha y perforarle dos hoyos cerca del centro, con sendos hilos pasados de lados a lado y tomados de los extremos se aflojaban y se enredaba la rondana torciendo los hilos, estirándolos después se hacía girar la rondana. Imaginen qué tanto habría que hacer en el Culiacán pobre de antes de la presa de Sanalona que pasábamos largos ratos viendo girar la ficha aplanada. Otro juego era hacer un gancho en el extremo de un alambre y empujar un aro de rueda de bicicleta corriendo tras ella.
Al caminar por las aceras, en domingo por la tarde, de todas las casas salía de las radios la música tétrica de un órgano y enseguida una cavernosa voz anunciando el programa: “Nadie sabe, nadie supo del verdadero caso de la azucena envenenada” Subía la música y después de desquiciada carcajada, el remate: “El Monje Loco sabe”.